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Para agosto del 2014 había cumplido 20 años y llevaba poco más de un mes viviendo en un refugio para mujeres maltratadas al sureste de Londres, sin trabajo puesto que mis empleadores de ése tiempo eran conocidos de mi papá o madrastra y economizando las estampillas del Salvation Army con las que podía reclamar galletas y enlatados; me la pasaba tardes enteras leyendo libros de fotografía o en una computadora de la biblioteca buscando páginas donde leer los capítulos recientes de algunos mangas como Naruto, Koe no Katachi y Love so Life.
¿Cómo llegué a ése lugar? Meses antes empecé a hablar con una funcionaria de la embajada colombiana porque yo siempre botaba mi cédula bien fuera embolatándola en cafés/bares o literal tirándola a la basura cuando me entregaban el duplicado y comprobaba que me veía horrenda en la foto. Total que cuando me echaron de la casa de la familia perfecta y empacaron mis cosas en diminutas chuspas de plástico una compañera del trabajo me dió posada por tres días hasta que sus roommates dijeron que yo no podía quedarme más y fue ahí cuando recordé a la señora de la embajada y esta me refirió con una fundación de protección para la mujer.

Mientras yo vivía en ese lugar aún adaptándome a todo, mi papá se empeñaba en acosar a los pocos amigos míos que llegó a conocer para demandar que le dijeran dónde estaba viviendo.
Tuve que cambiar mi número de celular y cerrar mi cuenta de Facebook porque miembros de mi familia paterna llamaban o llenaban de mensajes mi perfil profiriendo que yo era una puta, una ofrecida y una zorra que sedujo a su propio padre.

En el refugio todas me decían que nada de lo que pasó era mi culpa y que ellas me creían.
Todas eran tan amables, tan atentas que incluso celebraron mi cumpleaños con pasta y una salsa muy fancy acompañado de vino blanco y al día siguiente fuimos todas al Museo Británico porque sabían lo mucho que yo amaba la exhibición egipcia.

Y a pesar de todo yo solo me quería morir.
Terminé aventándome a las vías de un tren unas paradas más adelante de la Watford Junction Station pero mis intentos fueron cruelmente frustrados por una viejita que me vió e hizo un gran alboroto, la policía me llevó a la casa y la encargada del refugio decidió que yo tendría que ir a unas sesiones con la psicóloga.
Fui a dos sesiones, la psicóloga era una muchacha de mí misma edad recién graduada y oriunda de Caracas Venezuela; la primera sesión fue muy tranquila porque no hablé casi pero para la segunda rompí en llanto y al finalizar ella me pidió de manera muy tosca que por favor me controlara porque le incomodaba un montón verme llorar así.

Y ése día al volver a la casa le dije a la encargada que no necesitaba más ver a la psicóloga porque me sentía muy bien y finalmente no volví a ver a esa chica que se incomodaba tanto con el llanto ajeno de sus pacientes en su consulta.

Lo que hice para sobrellevar un poco todo lo que pasaba por mi cabeza fue verme las nuevas temporadas de Scrubs por el canal E4 todas las noches, una gran terapia si me lo preguntan.

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