El tío

Mi tío Jairo era un hombre bastante peculiar para muchas personas. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su pieza reparando relojes, radios, lámparas y cualquier cosa que se le atravesara en el camino.

Le gustaba pasar horas hablando sobre el pasado con mi mamá, regañando a los gatos por zapotear sus meriendas o sentarse a leer libros de esoterismo; ya saben, lo básico: Cómo leer la ceniza del tabaco, a qué santo rezarle para que tu suerte mejore y cómo deshacerte de los trabajos que te manden a hacer.

Recuerdo también que a veces le daba por cocinar y las papas rellenas le quedaban muy bien.

En su juventud gustaba mucho de emborracharse en las cantinas y tener amoríos de un par de noches con las coperas de turno, dicen las malas lenguas que en una de ésas conoció a una señora que vio en él al hombre que por fin la sacaría de esa vida tan malagradecida y se ensañó en hacerlo su marido. Lo invitó varias veces a la casa que tenía alquilada junto a su hermana, siempre a la hora del almuerzo, le insistía en que se tomara su juguito de sobremesa que con tanto cariño le preparaba y sin embargo, él, decidió dar por terminada la relación cuando sintió que las cosas iban demasiado rápido y en serio.

La señora unas semanas después se fue de por la cuadra con el orgullo herido y mi tío nunca más volvió a saber de ella ni por asomo, a veces se lamentaba haberse puesto de güevón e inseguro y no sacarla a vivir juiciosa, a veces lo pillábamos llorando al son de boleros tristes con media de aguardiente y varios pañuelos de tela sucios de tanto sonarse la nariz, buscando en sus recuerdos alterados por el licor el rostro de una mujer que fue quizá una de sus tusas eternas más amargas y constantes a lo largo de su vida.

Comentarios

  1. Triste, ¿como habría sido el giro de la historia si se hubiera ido con la señora?

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